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la palabra es un ala del silencio, el fuego tiene una mitad de frío...<meta name="verify-v1" content="MrZwx8+BQhQCj1q4dR3Hng0bsBLsx0IK0EszDKn027s=" />
March 13 Talara: Al encuentro de los cuatro elementosEn pocos espacios se conjugan mejor los cuatro elementos que en la playa. Y si se trata del litoral piurano, mejor aún. Talara es una muestra de cómo agua, tierra, aire y fuego, bajo las formas simples de mar, arena, brisa y rayos solares, se equilibran y complementan para hacernos sentir, a nosotros, simples mortales, toda la energía que la naturaleza está dispuesta a compartir, si sabemos cuidarla. Y es la temporada de verano la que nos da un excelente pretexto para disfrutar plenamente de esa experiencia. Máncora es el nombre que emerge raudo en nuestra mente cuando hablamos de Talara. Pero la provincia petrolera es mucho más que la jurisdicción donde se ubica el balneario de moda en el Perú. Para entenderlo hay que conocerla con calma, liberarnos de tentaciones de juerga inmediata y empezar a caminar sin prisa y con los sentidos abiertos. Giremos la rueda y veamos hacia donde apunta la flecha. Dirección Sur. Se nos ocurre Las Capullanas, a quince minutos de la ciudad. Hay que solicitar bien las indicaciones antes de partir, porque podemos confundirnos entre los mil y un vericuetos trazados en medio del desértico paisaje por las empresas petroleras, no aptos para distraídos. Mientras avanzamos, agucemos el oído. Un sonido monótono se ha posicionado ya en nuestra memoria antes de que nos percatemos concientemente de él. Un golpe repetitivo, suave, siseante, corta el aire, va y viene, una y otra vez, cronométricamente. Pronto asumiremos la materialización de ese sonido como parte del panorama. Son los “lukis”, llamados así por la marca “Lufkin” tatuada en los brazos de esas estructuras metálicas que sube y bajan marcando el ritmo de la rutina de extraer el petróleo del subsuelo. Tanto pensar en los balancines nos distrajo del camino formal para llegar a Las Capullanas, del lado de las cuevas de formas mitológicas o eróticas, según quiera verse. Hemos aterrizado por la parte alta, y al ver la media luna y el brazo extendido hacia el mar formado por los cerros truncos, no podemos evitar la evocación de Paracas. Avanzamos un poco y nos sentimos un poco como pisando un escenario lunar. El viento y el mar han ido cincelando formas redondeadas de bordes suaves en la roca. A contraluz, una iguana gigante permanece impávida (como toda iguana) sobre nosotros, cubriéndonos con su sombra. Frente a nuestros ojos, una manta raya de proporciones considerables atisba al mar, aún indecisa de regresar a él. El aire, camuflado de brisa, nos sacude de esas visiones y al echar un nuevo vistazo a la zona del ingreso a las cuevas, verificamos que la marea creciente nos dejará atrapados en ellas. Será para la próxima. Cambio de rumbo. Esta vez con dirección norte. A estas horas el fuego ya habrá impuesto su huella: suponiendo que se ha partido temprano por la mañana, la piel debe presentar los primeros indicios de lo que será un estupendo bronceado o una lastimosa insolación (dependiendo del uso de protectores solares, aceites bronceadores, pigmentación natural, entre otros factores). No habría sido mala idea si hubiéramos llevado entre nuestros accesorios uno de esos preciosos sombreros de ala ancha, tejidos con paja toquilla, por las hábiles artesanas de Pedregal o Narihualá. En Lobitos Nueva parada. Estamos a la altura del kilómetro 1147 de la Panamericana Norte, en zona militar. Pero también en un paraje estupendo, tranquilo, y cuyo poblado tiene un aire casi fantasmal. Atisbar por las casitas de madera construidas sobre altos pilares, observar el sol colarse por los retazos de vitrales existentes en la abandonada iglesia, es sumergirse por un rato en las épocas de esplendor de Lobitos, impregnadas del olor del petróleo. Tenemos un gran trecho para recorrer en el litoral lobiteño, siempre y cuando no haya “altos mandos” presentes en la base, que cortan alas a cualquier intento de exploración en áreas restringidas como el de “Piscina”. Aquel día fue uno de esos: hubo que resignarse a contemplar de lejos esa zona de la playa, con sus formaciones rocosas curiosas y que se adivinaban como el punto más atractivo de Lobitos, tal vez por la barrera de lo prohibido. Pero basta de quejas. La parte restante, bastante amplia, nada tiene de despreciable. Al contrario. Amplias orillas para caminar, respirar, reflexionar, deshojar margaritas, hacer balance de los “primeros cien días” del 2007, o simplemente andar, con la mente en blanco, sintiendo la fuerza de la tierra. Al otro extremo de las instalaciones militares, las rocosidades también suaves, forman cómodos tableros para sentarse a contemplar las transparencias del mar. Un poco más adentro si se tornan erizadas, como lanzas siempre dispuestas a marcarles en la piel cada maniobra errada a los tablistas que pululan en el lugar. Lobitos es un buen “point” según los expertos, con una calidad comparable a la de Cabo Blanco, aunque con diferentes características. Cercanas a Lobitos encontraremos también Las Tres Cruces, Malacas, Amarillos. Un sin fin de playas que componen juntas una porción de costa talareña. Todas uniformizadas por aguas y arenas limpias, apenas separadas por paredes de piedra o salientes de la tierra. Desde casi cualquiera de ellas podemos avizorar otro de los emblemas de la provincia. Si en el suelo son los “lukis” en el océano son las plataformas petroleras. Grandes moles de hierros enclavadas en el mar, silenciosas, invadidas por incontables aves y ociosos lobos de mar. La Ruta Hemingway Otro de los memorables circuitos de las playas talareñas es el que nos conduce, siempre de cara al mar, desde Los Órganos, por El Ñuro, Quebrada Verde, hasta Cabo Blanco. La joven pareja que promociona esta ruta y que integra el equipo de ecoturismo Pacífico Adventures ha bautizado la ha bautizado como la Ruta Hemingway. La razón es que el punto culminante del recorrido es Cabo Blanco, y hasta este pequeño pueblo del norte peruano llegaba el recio escritor, junto a artistas, directores de cine y millonarios de todo el mundo, para ejercer una de sus grandes pasiones: la pesca de altura. Se han propagado diversas versiones que afirman que en Cabo Blanco Hemingway se inspiró para su novela El Viejo y el Mar. Pero lo cierto es que el norteamericano llegó hasta allí algunos años después de haber concluido su novela. Podríamos sí, aventurar la idea de que en las aguas de Cabo Blanco tal vez Hemingway halló la cristalización de una de sus elucubraciones literarias: un merlín de fabulosas proporciones. Y finalmente, no importa hacia donde apunte la brújula, o la playa en la que recalemos. En todas ellas, ese poderoso elemento en permanente movimiento, de murmullos constantes, de rugidos sordos, nos seduce sin remedio. Nos atrae, sea para envolvernos suavemente entre sus ondas, sea para sacudirnos con fiereza hasta hacernos perder el equilibrio. Y al final de la batalla, nos retiraremos exhaustos, no sin antes lanzarle una mezcla de imprecación y reverencia: ahhhhh mar!!!!!!!! Y triunfante, bañará nuestros pies aunque le demos la espalda, sabiendo que siempre habrá un regreso. ******************************** Delfines en Los Órganos El tránsito por el seductor litoral talareño no puede prescindir de una salida al mar desde el muelle de Los Órganos, sea a bordo de un veloz bote de fibra de vidrio y motor fuera de borda, o trepados en una lancha algo menos rápida, en medio de los aparejos del oficio de pescador. Allí entrará a tallar la disponibilidad de la oferta, la necesidad de comodidades, la idea de la seguridad, y diversas condicionantes personales y por tanto muy válidas. Vamos al asunto de fondo sin mayores preámbulos. Los delfines que habitan en las aguas de este distrito vecino de Máncora. Una experiencia sencillamente alucinante el hecho de verlos de cerca, y poder gozar de la interactividad que se dan casi de inmediato, entre admiradores y admirados. (Entiéndase que nosotros, los bípedos, somos los que nos derretimos ante la presencia de estos mamíferos que parecen llevar el estrellato en los genes). Quien quiera conocer más detalles de este encuentro, vívalo. Es la única forma. Cuando se ha logrado ya sentir y captar la energía de aire, fuego, tierra y agua, la aparición y la cercanía de los delfines pueden hacernos sentir algo que podríamos llamar el quinto elemento. Indefinible en palabras, inasible para nuestras manos, pero perfectamente palpable para nuestros sentidos. DATOS DE APOYO Sobre el avistamiento-La opción más recomendable y segura para los turistas es la de Pacífico Adventures. -Con este equipo, las salidas de avistamiento de delfines se hacen a bordo de una lancha de fibra de vidrio (más rápidas y livianas) y en compañía de un biólogo marino. -Contactos: Sebastián Silva (Biólogo Marino) o Belén Alcorta (especialista en ecoturismo) -Teléfonos: 257686, 01 98176199. -www.pacificoadventures.com y pacificoadventures@yahoo.com -También se puede optar por salir con los pescadores de la zona, con quienes se puede conversar para ver su disposición y la disponibilidad de tiempo.
March 04 Los mil y un potajes de Harry SchulerEstamos de regreso en Máncora. Con los ojos algo adoloridos –pero no hastiados- de tanto admirar la belleza verde azul del jirón de costa recorrida. Exhaustos, hambrientos. Hemos dado unos cuantos pasos en la serenidad del Punta Ballenas Inn y Harry Schuler, nuestro anfitrión, sale a nuestro encuentro con la carcajada limpia, el comentario picante y la mano franca. Todo un personaje, por su vida y por su historia; y no deja de despertar una especial emoción verlo después de haberlo “conocido” contado y compartido por el inigualable Alfredo Bryce Echenique. La vista desde su hospedaje, directa al mar, es bella, aunque ya a estas alturas de la ruta la mención de la belleza parezca redundancia (ver para constatar, les aconsejo). Al volver la mirada hacia el interior, el panorama no es menos placentero. El ingresar al bar, con sus decenas de mandíbulas de tiburón, gorras, placas de autos, artesanías, produce la sensación de haber entrado a una mezcla de barco pirata y rincón de viajero. La charla, la actitud y el ambiente que rodea Harry, afincado hace 21 años en Màncora, invita a ponerse cómodo y dejarse agasajar. En el comedor, la mesa salpicada de pétalos,y los amplios ventanales enmarcando el mar, son buenos augurios de lo que se viene. Pulpo, pescado, langostinos y calamares, llegan reunidos en el imprescindible plato de apertura: el ceviche. Casi de inmediato, ya está en nuestros paladares el pulpo al olivo: suaves la textura del molusco y el sabor de la salsa; un delicado rastro de aceituna, suficiente para agradar incluso a quienes no gustamos de este fruto. El chef ha prometido no detenerse hasta que los comensales lo soliciten. Pero antes de que alcancemos a decir basta, surgen como sacados de la manga más platillos: Tierra y mar, una combinación de chicharrones de especies marinas y terrestres de tono criollo; los langostinos en salsa de naranja y kión ponen la nota oriental; el enrollado de pescado en salsa de langostino nos deja exhaustos; y el tacu tacu de mariscos simplemente nos hace caer sin remordimientos en el quinto pecado capital. Y cuando la maratón gastronómica parecía ya cerrada, Harry demostró que no se le escapa nada: Su pie de maracuyá y la copa de anisado nos devuelven la ligereza del inicio, y hasta nos deja sentir que podríamos empezar sin pereza una nueva ronda por las nunca totalmente recorridas rutas y los interminables sabores de Piura y el Perú. Junio,2006. Claudia Lu De Máncora a Cabo Blanco: rastros de sol y marEl crepitar de una hoguera y el estallido de olas alborotadas, ocultas tras las palmeras, nos dieron la bienvenida. Llegamos una noche de Julio, con la impaciencia de ver salir el sol, sólo por el gusto de atardecer con él, viéndolo perderse no sin antes teñir de fuego mar y cielo, en uno de los siempre distintos -pero igual de inolvidables- ocasos en Máncora. En los jardines de Las Arenas de Máncora los leños arden, acentuando la sensación de calidez de la noche. Sensación reconfortante, y a la vez extraña para la hora y la época; hace casi cuatro horas, al abordar el autobús, hemos dejado la ciudad de Piura, sumida en un tenue frío y un incipiente gris. Un chamán, dotado de varas, espadas y toda la parafernalia afín a su labor nos recibe. Hay que cogerlo con uerza, exclama, mientras nos frota con bastones similares al que por turnos vamos aferrando. César Cristóbal Silva Quiroz, facilitador de salud intercultural –como señala en su tarjeta de presentación- lanza sobre cuerpos y rostros, aspersiones de tragos de confuso olor a hierbas y perfume. Nos dejamos hacer, entre divertidos y escépticos, con una incredulidad que parece quebrarse al término del ritual, con el mensaje al oído que deja abierta la duda, dicho por este oficiante popular, curador de males, ahuyentador de espíritus negativos, y hechicero de la buena fortuna, según los creyentes de estas artes.
Amanece. Generoso, extiende sus brazos con intensidad desde que asoma por el horizonte. El sol esa mañana ha decidido honrar la fama norteña, y la del departamento de Piura en especial, de ser la zona donde el calor es eterno. Estamos en la provincia de Talara, en el distrito de Máncora, en el sector conocido como Pocitas, a quince minutos del pueblo, listos para empezar a recorrer un pedacito del norte, en dirección sur. Abandonamos el hotel no sin antes bajar a la playa y tener un primer contacto con las olas, ya menos turbulentas que la noche anterior, ya casi tibias también. Cogemos la vía afirmada, siempre de cara a un mar de tonalidades cambiantes, por ratos azul opaco, otras luminoso, por retazos verdoso, sin dejar de ser impresionante y atrayente. Para tener ganas de lanzarse de cabeza en sus aguas no hace falta canto de sirenas: es autosuficiente. Hacemos la primera parada en Vichayito. Antes hemos apreciado, a vuelo de pájaro, el límite natural entre el distrito de Máncora y Los Órganos. Una línea rocosa en el mar, basta para señalar el fin de uno y el inicio de otro, aunque fuera de eso, el espectáculo sensorial mantiene la misma tónica: mar, arena y aire limpios, sin ruidos molestos, y con palmeras salpicadas por un lado y otro, dándole marco a las casas y hospedajes abiertos a lo largo del litoral, y multiplicadas desde que empezó el nuevo “boom” de las playas norteñas, gracias a políticos y surfistas. Vichayito Bungalows de playa nos permite husmear en sus instalaciones. Acogedor, con sus habitaciones palafitos, fabricadas con materiales naturales, armoniza con el entorno. En la parte alta, la piscina para quienes prefieren sólo contemplar el agua salada, o como plan de contingencia cuando el océano está de mal humor y expulsa a los intrusos a maretazos. La administradora comenta que no hay red de energía eléctrica, pero esta falta se suple con generador. La conexión celular no falta, según pudimos comprobar en la pantalla del móvil (dato interesante para los que no tienen el valor de desconectarse y disfrutar sin atenuantes de una antesala del paraíso). ¿Dónde están los merlines? Seguimos nuestro paso fugaz y casi resignado por tener que ver sin tocar fragmentos mágicos de nuestro mar, cada uno con su cuota propia de cuentos y tradiciones, de los que oímos apenas el comienzo, cuyo contenido adivinamos y con desenlace muchas veces imprevisible. Observamos intrigados hasta que nos duele el cuello de tanto torcerlo, a El Encanto, “apu” costero, baúl de mitos y supersticiones locales, en especial de los hombres de mar, que lo miran con una mezcla de miedo y respeto, “de lejitos nomás porque que a veces gusta de atrapar gente en su vientre, para no soltarla más”. Y en esas estamos, todavía imaginando los misterios de El Encanto, cuando nos detenemos ya en Cabo Blanco, ubicado aproximadamente a 25 kilómetros de nuestro punto de partida. Pueblo con pinta de olvidado, contrastante con sus olas muy de moda, punto de encuentro de tablistas de diversas banderas, pieles y lenguas. Por allí aterriza, de vez en cuando y sin aviso, “caleta nomás”, Sofía Mulanovich, la campeona de la serena sonrisa y de pocas palabras, a entrarle con su tabla a los mejores tubos de Latinoamérica, a decir de algunos entendidos en este deporte. ¿Dónde están los merlines? Por fin podemos soltar la pregunta que tenemos en la punta de la lengua desde que Belén, nuestra guía, nos anunció la visita a Cabo Blanco. En 1950 esta caleta fue también un “point” de lo más cosmopolita. Personajes de todo el mundo llegaban hasta ese lejano pueblo del norte del Perú, a la caza del merlín negro y otras especies marinas de gran tamaño. Hasta allí llegó Ernest Hemingway, en 1956, movido por el afán de ver la materialización de uno de sus demonios, salido de las entrañas del mar: el pez espada que tanto atormentara al viejo de su laureada novela. Cuatro años antes, el Fishing Club de Cabo Blanco había hecho noticia con un récord mundial: la pesca del merlín más grande del mundo, de 702 kilos de peso. Lugareños y surfers aseguran que la marca aún no ha sido rota. O la pesca indiscriminada arrasó con la especie, o los merlines, cansados de tanto acoso, decidieron llevarse la fiesta a otra parte. Lo cierto es que de aquella época de esplendor quedan sólo recuerdos, y los fabulosos peces de puntiagudo apéndice, de esa descomunal contextura no han vuelto a dar la cara por esas aguas. Sin embargo, mientras nos dejamos mecer por las olas–en ese momento suaves y heladas- mantenemos la mirada fija y aguzada por un largo rato, pensando quizás en que un golpe de suerte nos llevaría a avistar la respuesta a nuestra interrogante. Ver para creer. La frase atribuida a Santo Tomás sale a flote, y el dicho cobra fuerza, ante la contemplación de las fotografías en blanco y negro que acompañan las palabras de Pablo Córdova, hoy regente del restaurante Cabo Blanco y barman del Fishing Club de antaño, hombre que es la prueba viva de que la época dorada del club de pesca de altura, Hemingway y el merlín negro existieron, y alguna vez fueron parte de la vida de ese pueblito con pinta de olvidado pero con olas de moda que es Cabo Blanco. Piura, junio 2006
Claudia Lu November 16 De Los Órganos al Ñuro, tras la sonrisa del delfínLindas playas, sol –casi- eterno, buenas olas, excelente comida. Cualidades nada desdeñables y famosas de la provincia de Talara. Sin embargo, al adentrarnos más allá de lo evidente, comprobamos que el encanto no acaba en la cresta de la ola. Un paseo en bote por el mar de Los Órganos nos aproximó a una rama del turismo poco conocida en nuestro medio, pero no exenta de aventura: el ecoturismo de observación.
Nos cogieron desprevenidos. Acabábamos de dejar el muelle del distrito Los Órganos* a bordo de un pequeño bote, y todavía estábamos acomodándonos en la lancha que nos llevaría en su búsqueda, cuando ellos nos salieron al paso. Aparecieron como una alucinación, escurriéndose entre las embarcaciones, en una mezcla de loca carrera y armoniosa coreografía. Fue así como decenas de delfines locales nos dieron la bienvenida a sus aguas. El día anterior, en Lobitos*, un tablista nos había dado buenos indicios. Había tenido un encuentro cercano, durante su incursión en Piscina*. Al escucharlo, mentalmente deseé tener la misma suerte, en mi primer intento por encontrarme cara a cara con uno de esos animalitos de perenne sonrisa, casi tan enigmática como la de la Mona Lisa. Golpe de suerte, buena estrella, telepatía. La explicación poco importa. El asunto es que, esa mañana, salí en su búsqueda cámara al hombro. Y pese a la imposibilidad de anunciarles mi visita, estuvieron puntuales en la cita. Cerca de treinta delfines mulares o “nariz de botella” estaban allí, libres, frente a mis ojos, sin pantalla de por medio, escapados de mis sueños, casi al alcance de la mano, y dispuestos a dar un espectáculo inolvidable. Su nombre científico es Tursiops truncatus, explica Sebastián Silva, biólogo marino y guía de la excursión. Él y Belén Alcorta, especialista en ecoturismo, apoyados por “Veloz” -el conductor de la lancha en la que nos desplazamos- integran Pacifico Adventures, organización ecoturística de reciente creación, dedicada a promover la visita a zonas naturales en esta parte del norte peruano, con la finalidad de transmitir su pasión por el entorno y la necesidad de conservarlo. Repuestos de la sorpresa inicial, fuimos tras la manada gris. Adultos y crías se deslizaban muy próximos a la orilla. Luego de rebasar el cerro El Encanto*, y a medida que iban quedando en claro sus reglas, la distancia se acortaba. Un primer intento de detenernos no tuvo el efecto esperado, así que “Veloz” entendió que había que avanzar con cautela, para no espantarlos. Poco a poco pude contemplar con mayor nitidez esa expresión amigable con la que los ha dotado la naturaleza. Habíamos logrado ganarnos su confianza, porque estaban ahora allí, deslizándose a los lados del bote, veloces y escurridizos. Pude observar también su piel gris, tersa e impermeable, las muescas en sus aletas, sus ojos redondos y brillantes; escucharlos “hablar” entre ellos y también dirigiéndose a nosotros con chasquidos indescifrables. Era difícil centrar el objetivo de la cámara en un punto específico, porque el grupo entero parecía disfrutar la sesión fotográfica que protagonizaba: uno aparecía y desaparecía al lado mío, otro desplegaba su talento de acróbata con piruetas impresionantes, mientras sus compañeros saltaban en forma sincronizada unos tras otros. No hay mejor manera de aprender a amar algo que conociéndolo. Ver a los delfines tan cerca, en su hábitat, realizando acrobacias por instinto y sin la intermediación de entrenamiento humano, es una experiencia que difícilmente puede explicarse con palabras. Y es entonces que despierta el interés por ir más allá de la vista momentánea. En el tiempo que Sebastián lleva estudiando la zona, ha podido identificar dos tipos: grupos visitantes de Delphinus delphis o delfín común, que pasan en gran número en su tránsito por el océano; el otro tipo es el grupo que esa mañana nos acompañaba, delfines mulares, que se desplazan y se desenvuelven en un área de hogar posiblemente situada entre El Bravo (Punta Sal) y Cabo Blanquillo, explica. “La gente no es muy conciente de la necesidad de conservación” comentan los guías. Sebastián hace hincapié en que el exceso de redes, los desperdicios arrojados al mar, y la pesca incidental, entre otras actividades humanas realizadas sin consideración de los impactos en el ambiente, merman las poblaciones de delfines y otras especies. Y mientras sigan siendo vistos como estorbo, o alimento ocasional, y no como parte de un atractivo turístico que debe ser aprovechado y protegido, la situación no cambiará. Cansada de disparar de un punto a otro, dejo la cámara a un lado y me dedico a disfrutar el espectáculo sin filtros ni atenuantes. Hoy, al cerrar los ojos y verlos brincar alborotados, estoy convencida de que –no obstante ser irreproducibles- no hay mejores imágenes que las almacenadas en la propia memoria. La amistosa carrera entre el grupo de cetáceos y humanos se prolongó hasta El Ñuro*, punto en que se decidió variar el rumbo de la lancha para no agotarlos, y dejarlos seguir su camino sin distracciones. La percepción –hasta ahora imborrable- de su disposición a comunicarse con nosotros no radica sólo en la visión de su sonrisa. Lo expresaron sus ojos grandes, curiosos, intentando ver de cerca a quienes ocupábamos la lancha. Lo dijeron también, en ese idioma que, lamentablemente, todavía es para los humanos una suerte de lengua indescifrable.
*REFERENCIAS
-Los Órganos: Panamericana Norte Km. 1150
El Encanto: Cerro cuya forma, semejante a un órgano de tubos (visto del lado del mar) le da nombre al distrito.
El Ñuro: caleta ubicada a aproximadamente seis kilómetros del muelle de Los Órganos, hacia el sur.
-Lobitos: Panamericana Norte Km.1104
Piscina: Playa adyacente a la playa principal de Lobitos, recibe ese nombre porque las formaciones rocosas semejan una piscina.
El acceso a algunos sectores de Lobitos como Piscina, es restringido, por tratarse de una zona militar.
-Vichayito, balneario contiguo a Las Pocitas de Máncora. &&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&&& Ecoturismo de observación: potencial no explorado El avistamiento de delfines no es raro a lo largo de la costa peruana, así como tampoco lo es el de las ballenas jorobadas, que ya pueden verse, en esta época del año, con un poco de suerte o de paciencia, desde los muelles de Talara y Paita. El Perú tiene más de treinta especies de cetáceos, entre delfines y ballenas. La observación de especies marino costeras es una importante fuente de ingresos en otras zonas del planeta; paquetes turísticos completos, dirigidos a personas de todas las edades, para disfrutar del placer de apreciarlas en su entorno natural. Sin embargo, en el Perú, pese a ser una país privilegiado por su diversidad biológica, son contadas e incipientes las iniciativas destinadas a explotar, en forma responsable y con espíritu conservacionista, esta rama del turismo denominada ecoturismo de observación. Talara no escapa a esta situación. En dos horas, durante el recorrido realizado por la franja marina situada frente a Los Órganos, pudimos entrever una muestra de esa fuente de recursos, dormida en nuestra costa. Luego de dejar a los delfines continuar su ruta, enrumbamos hacia la plataforma plataforma petrolera cercana. Al llegar hasta ese punto, desde el bote pudimos observar el sueño despreocupado de un lobo marino (Arctocephalus australis anota el biólogo). En el mismo lugar, en la punta de la estructura, entre decenas de aves, Belén dirige la atención hacia el brillante color de las extremidades inferiores del piquero patiazul (Sula Neuboxi) una de las aves más populares de las Islas Galápagos, y cuya zona de circulación se extiende también al extremo norte del Perú. Y mientras nos concentrábamos en el azul del piquero, fugaces sombras sobre nosotros, nos alertaron del paso de una bandada de las estilizadas tijeretas, aves que responden al nombre científico de Fregata magnificens. Ya casi al final del paseo, frente a Vichayito, la lancha se detuvo. Nos sumergimos por un rato, para seguir observando. Ante nuestros ojos se desplegó un abanico de diminutos y coloridos peces que envidiaría cualquier acuario; muy cerca, entre las rocas, un pulpo no logra escapar de la mirada de los intrusos; una vez satisfecha nuestra curiosidad, el pequeño molusco es devuelto a su hábitat. La ballena jorobada, avistada unos días antes desde el muelle, esta vez se dejó extrañar. Motivo más que suficiente para emprender la siguiente excursión. Claudia Lu
October 06 Desde el Yantuma: Instantáneas personalesLa primera vez lo trepé casi con furia, hasta encontrarme de golpe con un verde casi igual de frenético, salvaje, en sintonía vital con el sol andino y el bosque que, contemplado desde sus alturas, me dejó sin aliento y me devolvió la paz. Un año después volví a su cima para exorcizar recuerdos y me encontré, sin querer, construyendo otros. Entonces entendí que puedes transitar, sentarte y detenerte varias veces hasta llegar al mismo punto, y la vista será siempre distinta. Diferentes las sensaciones, las percepciones, los caminos, la propia mirada. Al lado de un árbol vestido de musgo y bromelias, observo un puñado de casas uniformizadas por tejados que a su vez se confunden entre los ocres de la tierra. Es el poblado de Yacupampa, o pampa del agua, según los estudiosos empecinados siempre en encontrar el significado oculto de los nombres. Estoy de pie en lo alto del cerroYantuma, situado a 8 kilómetros de la ciudad de Ayabaca, hoy espléndido mirador natural, ayer –según cuenta la leyenda- escenario del épico y trágico final de los aguerridos guayacundos. Me estremece la ausencia de ruidos humanos, frente a la indefinible pero presente voz de la naturaleza. Mis recuerdos de faldas inconmensurablemente verdes y pobladas del bullicio de la gente, se trastocan con la vista que se extiende hoy ante mi. Es una silenciosa sábana de tenues dorados, matizada por sombras del cielo y de la tierra. Abajo, las arraigadas a árboles flacos como el de mi costado, y arriba, las esquivas de nubes que el viento pastorea. Observo pasar los vellones: los ligeros, apenas jirones, apenas blancos; los cargados, pero aún luminosos; también los grises, pesados. Mansas, se dejan encaminar hacia el redil. Encajonadas entre el Yantuma (a la izquierda) y el Chacas (a la derecha), pasarán la noche sobre el bosque de Cuyas, hogar de pavas barbadas, de orquídeas, de quetzales y colibríes. Una amiga me contaba que desde aquí arriba alguna vez vio leones, de los de verdad, pero la verdad no le creí. Serán pumas, pensé (y pienso). Regresemos al rebaño de nubes que pasaba sobre mí y sobre el Yantuma de faldas secas esa tarde. (Como todas las tardes). Ya estacionadas sobre el bosque, empezarán a acomodarse, sumergiéndolo en la espesa neblina, y pronto empaparán copas, hojas, tallos, y resbalarán hasta llegar a la tierra. Y así, la nube se hará agua; el agua hombre, planta, bestia, vida. Cuando desde Los Cocos - a unos tres minutos de Yacupampa, al lado de la vía principal y en el cruce que conduce a Socchabamba (la tierra madre del bocadillo)- se ve el bosque desaparecer lentamente debajo de los cúmulos gaseosos, no imaginamos que el proceso del peculiar ciclo del agua del ande piurano se está cumpliendo, religiosamente, tal como el orden universal lo dispuso. Pero la ignorancia no impide disfrutar de una escena mágica. Desde allí (alguna vez) parada en ese punto de denominación tropical, vi llegar a las nubes, empujadas por el viento pastor, amalgamarse y transformarse en un mar oscuro, tempestuoso, denso, profundo e inabarcable (como todo mar) inundándolo todo, convirtiendo a los grandes cerros en islotes negros. El ascenso Al salir de Ayabaca, a bordo de un mototaxi (un sol por cabeza advirtió el guía) y llegar a Yacupampa, pensé que mi reencuentro con el Yantuma tendría la misma vía que la primera vez: un camino angosto abierto en medio del monte, de ascenso fácil, (media hora o hasta veinte minutos a buen paso) sin mayores peligros que un resbalón, y sin mayores consecuencias que un poquito más de polvo en la ropa. Pero el trimovil pasó de largo, y unos minutos más allá se detuvo en Los Cocos. A la izquierda el Yantuma, a la derecha el Chacas. Unos pasos a la izquierda y allí está el atajo para mi desconocido, nuevo camino. Esta vez no subiré al Yantuma para encontrarme de golpe con el bosque extendido a mis pies. Esta vez iré hacia él por el borde de esas mil hectáreas de verde, que a esa hora (poco menos de las 2 de la tarde) aparece cubierto por un casi imperceptible velo de neblina. Las bromelias adornando troncos retorcidos, nudosos, y abrigados por el musgo serán la constante en buena parte del camino. Pero primero lo será la pared de roca suavizada por las colonias de líquenes, a mi derecha; y el verde vértigo cientos de metros hacia abajo, bordeado de cabuyas florecidas, que asemejan a puyas a escala reducida, a mi izquierda. Cerca de treinta minutos después del punto de partida, mirando hacia atrás puedo ver diminuto el mirador de Los Cocos, y hacia delante, al fondo, la frontera ecuatoriana. (quince kilómetros nos separan). Minutos después, pierdo a Los Cocos y a la frontera de vista, y me concentro en el sendero. El camino se estrecha, o la pared de piedra ha avanzado un poquito. Nada del otro mundo. Mi cuerpo avanza cómodamente sin necesidad de malabares, pero no puedo evitar sentir miedo (leve, pero miedo al fin y al cabo). De pronto se ha removido mi antigua e infantil fobia a las alturas, hasta ahora latente. Un rato más y he alcanzado la vuelta de la esquina. Nuevamente entro a un tramo estrecho, pero esta vez no hay vacíos que me hagan titubear. Una enorme piedra al filo del abismo convierte el tramo en un túnel corto, de roca pura. Allí me reúno con el grupo heterogéneo y alborotado del que formo parte. Por si no lo dije antes, estamos juntos en Ayabaca a la caza de instantáneas. Por el momento, es el vínculo más visible entre nosotros. Esa roca al aire es la que marca la parada momentánea. Nadie se resiste a treparla. Incluso yo, que gusto de andar por mil caminos aunque no sea caminante, aunque me haya torcido mil veces los tobillos; a pesar de morirme de miedo (lo confieso) por ratos, al borde de la altura. Y el lente de las cámaras, por este momento al menos, deja de apuntar la naturaleza circundante, y nos convertimos nosotros mismos en objetivos mutuos. Y somos posadores, pájaros, pensadores. Por un rato somos lo que nos place ser sobre esa piedra que parece inquebrantable, eterna, al filo del abismo. La larga pared rocosa llega a su fin y empieza el camino de las bromelias, los arbustos, los helechos. Sendero bonito, que nos conduce hacia una cima que no vemos; también plagado de espinas, diminutas o largas, punzantes todas. El sol serrano es fuerte, y aunque ya estamos a tres horas del mediodía, el calor arrecia. Ahora tenemos de fondo al bosque de neblina por un lado, el collage de los cultivos, caseríos y caminos por otro. Seguimos avanzando, y ya he perdido la noción de la hora. Recién, por las sombras que se ciernen sobre nosotros, de rato en rato, percibo que las nubes han empezado a moverse, y el tejido del velo, antes vaporoso, va adquiriendo tupidez en las zonas más lejanas. El reencuentro El amarillo intenso de las flores y el verde vivo de las bromelias sobre uno de esos árboles de tronco retorcido hacen que me detenga embelesada en una de las mil curvas que ha tenido este camino. Camino un poco más y caigo en la cuenta que estoy en el Yantuma nuevamente, en la cara por la que anduve hace más de un año. Ya estoy al lado del árbol vestido de musgo y bromelias, y contemplo el puñado de casas uniformizadas por tejados que a su vez se confunden entre los ocres de la tierra, en lo alto del cerro Yantuma. Un poco más abajo, entre sus pliegues, una señora de cabello largo y faja en la cintura, hila un vellón como los que transitan ahora allá arriba, presurosos, hacia el redil. Aturdida por los “cazaescenas” se detiene. Responde algunas preguntas, mira inquieta hacia el frente, como buscando algo. Al responder su nombre ha completado mi constelación de Marías conocidas ese día. Pero a María no parece interesarle esta tarde los simbolismos siderales o salir en las portadas de los diarios, ni pasar a formar parte del diario de caminos de los muchachos locos de ese grupo que la atormenta intentando eternizar sus movimientos. A ella le preocupan sus ovejas, porque ya ha perdido una en las garras del “león” (que no es león, es puma, repito mentalmente). María se aleja, hilado en mano. La mancha de fotógrafos se dispersa también y emprende el descenso hacia el puñado de tejados a dos aguas que forma Yacupampa. Me quedo atrás, intentando probar si en este tiempo aprendí a hablar un poco con los apus, y les pido bajito que lleven un mensaje que no necesita respuesta de retorno. Lo miro por última vez (de esa jornada). El Yantuma que piso hoy ya no está alfombrado de ese verde casi frenético, ni inundado de alboroto humano. Ya no es el de los adioses, los pies descalzos, las miradas huidizas. Ahora, el Yantuma de los aguerridos guayacundos está sereno, trajeado de dorado tenue, casi silencioso. October 01 ¡Feliz Día!
No cerramos por fiestas, no conocemos las bondades de los feriados largos (cada vez más numerosos). Corremos hacia los incendios, las grescas y las bombas cuando el sentido común nos ordena huir de ellos. Trabajamos el primer día de año, sin resaca o con ella. Llegamos con las justas a la cena navideña. Lucimos bronceados todo el año, aunque en verano no siempre haya tiempo para ir a la playa. Es el color que nos da la calle y los caminos, sobre todo cuando prescindimos del bloqueador.
No sabemos de horas fijas, ni marcadores de tarjetas. Hoy podemos venir con falda y tacones altos (las chicas) y terminar caminando entre arenales en búsqueda de un nuevo asentamiento aún no identificado. O comenzar la jornada en jeans y zapatillas y encontrarnos de pronto en medio de ternos y sastres, sintiéndonos como un ceviche en pizzería.
Nuestro centro de trabajo es también el centro de reclamos que conglomera servicios públicos y privados: “que si no hay agua, que si la luz se corta, que en el colegio no reciben a los hijos, o si los serenos se demoran en llegar o nunca acuden; que si me aumentaron la tarifa del seguro, o me cobraron llamadas que jamás hice. Que a mi niña le pidieron la lista de los regidores de Piura o de los de Catacaos”.
Las horas escogidas para la denuncia y la protesta, para el replique telefónico o la llegada sindical en mancha son las horas de almuerzo o de salida. Y a respirar con calma, hablarle bajito al estómago o al sueño y pedirles un poco de paciencia, sacar la libreta de apuntes y a esperar que la visita impertinente amerite los minutos (u horas) extras.
Debemos pasar horas escuchando demandas salariales ajenas, trajinar por calles y plazas en protestas laborales que no son nuestras. Inhalar gases y hasta recibir palos en entierros en los que nadie (más que la necesidad de mantenerte informado) nos dio vela. Pero al igual que el policía, cuando de reclamos propios se trata, no hay derecho a huelga.
Para quienes no lo saben, hoy es nuestro día. Y tal como en el día del trabajo, fiestas patrias, navidad, año nuevo, día del padre o de la madre, y demás celebraciones piuranas, peruanas y mundiales, tu tienes el periódico en sus manos. Nosotros del único cierre que sabemos, es del de edición. Salud por ello.
August 26 nostalgias... aunque en realidad, supongo que la nostalgia es la nostalgia, la diferencia debe estar en quien, quienes, o qué la despierta, y la forma en que se manifiesta. hace unos días, leía a maría de la trinidad diciéndole a juan manuel que, a fin de cuentas, la paz es tan sólo eso, nostalgia*. será que ese es otro de nuestros muchos destinos y condenas: los eternos adioses, ya sean temporales o definitivos, y la consecuente y jodida mezcla de tristeza y melancolía. hoy es día de limpieza en la sala de reda, y se había concentrado el olor de la cera de tal forma que yo, que no salí para nada durante la mañana, llegué al mediodía con un dolor de cabeza terrible y unas nauseas fastidiosas. por suerte tenía que recoger algunos documentos que dejé olvidados en casa, así que salí temprano. bajé de la combi que me deja a mil cuadras. caminaba y mi mano, mejor dicho, mis dedos, en forma inconciente, se acercaron a la pared rugosa al lado de la que pasaba. mis yemas recorrieron todo el camino que faltaba hacia la casa de mi abuela de esa forma, tropezando con paredes lisas, ásperas, surcos de ladrillos, con las rejas largas, con el frío del metal, y ese tac, tac, tac de los dedos pasando de un barrote a otro como si intentaran tocar en un arpa petrificada. luego mi otra mano se animó, y allí estaban los arbustos cortados a la mala, las decenas de palitos cercenados, las hojitas, las espinas. se puede decir que me transporté a través de mis dedos. ese es un camino que hago a diario, de ida y vuelta, desde hace meses. el mismo camino que hacía, o uno de los que encontraba, para visitar a mi abuela, desde que tengo memoria. pero hacerlo de esa forma, fue una forma diferente de recordarlo. de pequeña siempre me gustó dejar que las yemas de mis dedos lo exploraran todo, y claro, eso es común en los mocosos. cuantas veces he visto a madres en las calles alejar de un tirón a sus hijos cuando se percatan que mientras caminan junto a ellas llevan uno o más dedos estirados contra la pared, dejando que corran, disfrutando de las sensaciones de mil texturas diferentes. mas o menos lo mismo que hacía mi mamá conmigo para luego lanzar un pequeño sermoncillo acerca de las bacterias, microbios y enfermedades, al mejor estilo de spot de jabon neko. (octubre 2004, carta a mab)
*La Amigdalitis de Tarzán. Bryce July 11 ...me gustó leer desde antes de haber aprendido. como sucede con muchas de las cosas que nos atraen, aunque aún no sepamos hacerlas. creo que mi primer libro de cuentos fue bernardo y bianca. al menos es el más antiguo que conservo -bueno, conservar es mucho decir, guardo dos hojas maltrechas, en alguna de las cajas de recuerdos que se están pudriendo en algún lugar de la ciudad que abandoné, y que no pude cargar conmigo, comprobando una vez más que los recuerdos pesan, y pesan mucho- y aunque no sabía leerlo, mi mamá me ponia el casette, y llegué a aprenderlo de memoria, pasando las páginas cada vez que sonaban las campanitas, y más de un distraido llegó a pensar que yo era una lectora precoz. pero el recuerdo que tengo de lo primero que leí sin problemas, no fue un cuento o una historia, sino una página con fondo amarillo patito, donde estaban las instrucciones de como hacer un elefante de tela floreada. mejor dicho una página de manualidades para niñas hacendositas de una anteojito deshojada (dicho sea de paso, destructiva he sido siempre) . ironic diria alanis, teniendo en cuenta que yo no paso de insertar el hilo en la aguja. el asunto es que yo solo quería leer, y desde ese momento empecé a leer cuanto papel caía en mis manos. y luego ya pues, cogía mi silla, para alcanzar las puertitas superiores de la biblioteca, y fue alli que empece a conocer y recorrer mil mundos, desde el macondo de gabo hasta la sierra ancha y ajena de ciro alegria. conocí algo de italia con corazon, aprendí a respetar a los burros al lomo de platero, un zorro me enseñó que lo esencial es invisible a los ojos, lloré a mares con mi planta naranja lima (aun hoy sigo llorando) y bueno pues, desde esos dias hasta hoy han pasado muchos libros por el río, aunque no tantos como quisiera, pero allí vamos, tratando de encontrar un momento entre el trabajo, la desidia y la desesperanza que por ratos me oprime. rayuela es mi libro de cabecera, el todo mafalda mi biblia y mi vitamina diaria, y de los últimos, el que más me ha relajado fue afrodita de isabel allende, uno de los libros más frescos, desenfadados y divertidos (estimulante también) que he leido. | |||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||